lunes, 17 de septiembre de 2007

Jugando a los soldados


¿Que no en México el Código Penal Federal prohíbe utilizar públicamente uniformes, insignias o grados del Ejército o corporaciones policiacas a quienes no les correspondan, bajo el cargo de usurpación de funciones? El presidente es el comandante supremo de las fuerzas armadas, pero ¿sus pequeños hijos adquieren los grados de mayor –una estrella– y teniente coronel –dos estrellas–? Según esto, el artículo 250 fracción IV del Código Federal describe que el uso de credenciales de servidor público, condecoraciones, uniformes, grados jerárquicos, divisas, insignias o siglas por quien no tenga derecho, le corresponde una pena de entre uno y seis años de prisión y multa de cien a trescientos días de salario mínimo. Y podrá aumentarse la pena hasta la mitad de su duración y cuantía, cuando sean de uso exclusivo de las Fuerzas Armadas Mexicanas o de alguna corporación policial. Algo parecido sucedió en enero pasado, cuando sobre su ropa de civil el presidente se colocó una chamarra militar, lo cual prohibe la legislación castrense.

viernes, 14 de septiembre de 2007

Butaca de piedra


Desde aquella noche me ha fascinado su encanto. El café frío, sin vaho, me hace disfrutar más aquella sonrisa. La vi en un periódico que encontré y por eso ahora hablo solo, la gente dice que estoy loco. Yo no soy hombre de películas, prefiero mirar desde mi butaca de cemento, las palomitas son de verdad no de maíz. Lo sé, tal vez ella nunca quiera tomarme del brazo para que caminemos ni me deje abrazarla por la cintura, pasar mis dedos por sus mejillas, tocar sus aretes de piedras, mirarme a los ojos o que le preste mi abrigo si siente frío. Me basta que exista. Además, tengo la esperanza de que algún día pase por aquí y la invite a sentarse conmigo para buscar estrellas cuando comience a anochecer. Al final, aunque los mundos parecen distintos, estamos en el mismo planeta. No la voy a buscar, todavía tengo el periódico.

Calles para el viento


A veces no quisiera escuchar el despertador para no tener que abrir los ojos. A veces estoy más receptivo, como todos, a la violencia en las calles. En otras ocasiones, por supuesto, me vale madres. Sin embargo, no he dejado de soñar. Y he imaginado que en lugar de pleitos, gritos, balazos, asaltos, abusos, estupideces, por un instante, al menos, las calles quedaran desiertas de todo eso y uno pudiera caminar, respirar el viento transparente, jugar sin la amenaza de las nubes o de la intolerancia. Pero lo mejor de todo, es que no soy el único que lo ha deseado.

jueves, 23 de agosto de 2007

Aún te puedo escuchar


El huracán se llevó nuestras palabras. No vi cómo las arrastró, pero en el noticiero dijeron que había causado muchos estragos. Yo te llamaba desde aquel lugar. Recuerdo haberte dicho que te quería, y que si venías iríamos a comprar zapatos. Ahora yo tampoco estoy en el teléfono, de hecho no hay nadie en las calles, y sí un poco de agua. ¿Recuerdas cuántas veces nos enamoramos a pesar de la distancia? Cuando Dean llegó yo me metí a las cobijas, sentí calor en mi cuerpo mientras afuera el viento aspiraba algo de nosotros. En su lugar imaginé tu aliento en mi pecho, aunque no habláramos, porque ya lo habíamos hecho. Luego, salí. El sol se había guarecido y no se decidía a regresar. Entre los escombros busqué todo lo que nos habíamos dicho, el aire frío aún movía mis cabellos, entonces te escuché, delicadas brisas con tu voz venían del fondo de la calle, me senté en el piso mojado y los latidos en mi corazón se detuvieron mientras cerraba los ojos. El timbrazo del despertador me hizo brincar, rápido me levanté y encendí el televisor; en efecto, el huracán ya había pasado en el transcurso de la noche, me puse la misma chamarra del día anterior y corrí a nuestra esquina, el teléfono estaba roto; pero me elegré, sí hacía frío y no había gente, lo bueno es que yo guardé tus palabras en el auricular.

Limusinas con chofer


Es el espíritu mexicano frente a la tecnología; los hules y mecates de cara al diseño aerodinámico. Es la energía calórica de los tacos de carnitas, los campechanos con salsa verde, los pambazos y las cervezas contra la electricidad y sus voltios. Es la dureza de las fortalecidas piernas por el futbol llanero ante las modernas baterías de nanomateriales. Es nuestra cultura y el resto del mundo; el sudar de la frente con lo único que tenemos, es decir, el propio cuerpo. Nada intimida a los hombres que cabalgan acompañados algunos por Kpaz de la Sierra o el contoneo al ritmo de las caderas de Shakira en sus pedaleos; seres hechos en el fragor urbano para responder en toda circunstancia y a cualquiera, a los inesperados cerrones de los microbuseros, el humo de los camiones o el intenso paso de la gente, en las mismas calles en que los aztecas jugaban a la muerte y la llorona flotaba con su escandaloso pesar . Su temple es de hierro, como los tubos de los vehículos que ruletean consumiendo kilómetros; sólo su piel es separada del mundo por una camiseta y un pantalón remangado que pone al desnudo los tenis 'Mike'. Por eso cobran caro, aunque el valor que se deba tener no sólo sea en monedas, pues ser temerario es un requisito, aunque en la Ciudad de México esta palabra es ya cosa que no sorprende. Sobre las calles no camina el miedo, ese se queda en las bendiciones y la persignada de la jefa antes de salir a la incertidumbre. No importa que llueva, que haya tráfico o se empareje un Mercedes, la autoestima es muy alta, están acostumbrados a soportar las frustraciones, ya no les hace mella que la Selección siempre pierda ante Estados Unidos. Son los bicitaxis de la enorme ciudad en que vivo, artefactos que forman parte del movimiento planetario, a pesar de que sus conductores no pasen el antidoping ni lleven licencia de conducir, o identificación de elector, o sus llantas estén lisas. Pero uno se siente, a pesar de los brincos por los baches, como en una limusina con chofer, en un Audi por el estruendo de las bocinas, o un turista que los sábados o domingos viaja observando desde los asientos de vinil y el aire en la cara un Distrito Federal extraño, semejante a La Habana, Berlín, o cualquier ciudad de China o Vietnam, pero aquí no deja de ser un deporte extremo.