lunes, 22 de octubre de 2007

La espera del regalo


Cuando abría la bolsa de regalos esperaba que fueras tú. Eso hacía emocionante a los cumpleaños. No eran tanto las velas o el canto de las Mañanitas, sino la posibilidad de que aparecieras. Tal vez que de manera sorpresiva brincaras del papel y, una vez fuera, me abrazaras, imaginarlo siempre me hacía sonreír. Nunca entendí porqué esperaba que tú llegaras en un regalo, y no a través de la puerta o en un choque de miradas en cualquier calle. De hecho, aún no he podido entender de dónde vendrías o de qué manera te reconocería. Pero esa era la ventaja de aquella bolsa: no tenía el espacio para que cupiera alguien más que no fueras tú, y eso me reconfortaba. La he guardado desde que yo mismo la adorné con mis primeras letras, no se ha roto y de vez en cuando me asomo para ver si mi rostro se encuentra con el tuyo y quizá en un accidente nos besemos. ¿Tendrán las bolsas de cumpleaños algo de magia, podrán conectarse con esa dimensión en la que estés? ¿Saldrás algún día de la que yo tengo? Ayer no fue mi cumpleaños, pero me asomé, y tampoco estabas. Sin embargo, la camisa que me quedaba grande, me la probé. Luego de los años, por fin se amolda a mi cuerpo, parece que no se arruga y el color todavía es firme, al menos sentiré menos frío cada vez que me asome de nuevo, y si llegas te podré abrigar.

Escribir en tu piel


Yo no puedo escribir y observarte al mismo tiempo. O me siento en la vieja silla de madera, a dejarme mecer por el vaivén de mis respiros, las caricias de tu aliento dormida, el mundo real allá afuera, en el pasillo donde fuma la luna, o me dejo caer en el sofá a contemplar tu desnudez, las formas de tus caderas cuando caminas sobre la alfombra descalza, tu pubis que me sonríe. Por supuesto que disfruto tu lengua cuando es amable, entonces se mueve dispuesta a jugar, la sonrisa corre y ella la sigue hasta atraparla, después en mi vientre ambas se enredan con los escandalosos espasmos que anteceden a la luz de los rayos en las noches lluviosas. Pero al despertar no sé si estoy de pie, sólo veo en las penumbras la vieja silla de madera y en el pasillo alcanzo a oír los bostezos de la luna. No he podido imprimir una sola letra en la hoja que desde aquí veo, mi mente quizá está más blanca todavía, Tú, encima, te mueves frenética mesiéndote los cabellos y con tu pecho que escurre, yo no puedo explicar dónde estoy. Unos gemidos que se dejan caer sobre mis párpados me hacen terminar de cerrar los ojos. El mundo real se ha desvanecido. De pronto, una luz divina te enfoca, estás ahí, te has levantado de la hoja blanca llevándote algunas letras, no dejas de ser un ser fantástico, tu pubis de nuevo me sonríe, esta vez no te vayas como lo has hecho antes, al menos déjame leer qué fue lo que escribí.

lunes, 8 de octubre de 2007

Una ignominia


El cemento y las varillas no pueden ser la solución a un fenómeno social histórico. Hoy parece ridículo que se busque detener el paso de personas mediante muros, sobre todo por parte de un país que se ha hecho poderoso con la mente y brazos de los inmigrantes. Las vallas que los vecinos construyen en la frontera sólo causarán más muertes y violación a los derechos humanos. Sombras en el desierto o a través de las montañas se mueven bajo el sol o la penumbra con esa pobreza que los hace criminales a la mirada de satélites, torres de vigilancia, binoculares de visión nocturna, lentes infrarrojos o miras de escopeta de fanáticos racistas que sólo son superiores en estupidez. El país de las libertades se amuralla en una hipócrita actitud de protección y paranoica seguridad. Ya las fronteras naturales han sido un obstáculo que ha beneficiado a carroñeros como los coyotes, ladrones, policías abusivos y toda la fauna nociva que vive y come a costa del sueño y sudor de los inmigrantes. Tampoco México tiene cara para reclamar, la gente ya no soporta las ínfimas condiciones de vida debidas a la insaciable rapiña y erróneas decisiones políticas y económicas de los personajes caricaturescos que controlan el gobierno. Intereses de todo tipo se mueven de un lado a otro de la frontera mientras la muerte afila su guadaña y los espaldas mojadas aguardan tras los matorrales para evitar ser alcanzados. Otros han sido contratados para levantar el muro.

Nervios de acero


Los dedos parece que no sostienen el cubo tapizado de colores con 7.6 centímetros de esquina a esquina; sus caras cuadriculadas, en desorden, apenas descansan sobre las yemas. La respiración se ha aletargado. Las miradas están concentradas en aquellas manos. No hay tiempo para equivocarse, cualquier rectificación a los cuatro movimientos por segundo que se hacen en promedio puede ser fatal. El reloj no sabe de piedad. La mente tampoco debe tenerla. El cerebro está ansioso por soltar los movimientos aprendidos, el sistema nervioso no pierde comunicación con las manos, el tiempo ha tomado su posición, la sangre también; los números empiezan a correr: 9 segundos y 86 centésimas es el récord para formar las seis caras del cubo de Rubik. Lo tiene un francés, Thibaut Jacquinot. El más cercano a él es el japonés Yu Nakajima, con 12 segundos y 46 centésimas, actual campeón mundial. Algunos cuberos arman el rompecabezas tridimensional con los ojos cerrados, con una mano o con los pies. El mundo lo ha jugado durante 33 años.

miércoles, 3 de octubre de 2007

La corona de la muerte

La princesa Diana voltea hacia atrás para observar a tres motocicletas que siguen muy de cerca al Mercedes S-280 alquilado. Van a más de 190 kilómetros por hora. Antes de entrar al túnel del Pont d'Alma, un auto oscuro había intentado, en maniobras de bloqueo, que el chofer Henry Paul, jefe de seguridad del hotel Ritz de París, disminuyera la velocidad, según esto para poder fotografiarlos mejor. El Mercedes realiza pequeños brincos por las irregularidades del pavimento, acosado por media docena de fotógrafos; los instantes transcurren muy rápido entre el rugir de los motores, los flashes y los manotazos de quienes viajan en ellas. El guardaespaldas de Dody Al Fayed –el único sobreviviente– baja la visera porque una luz muy brillante, proveniente de la parte trasera de una motocicleta, tal vez un potente flash, les da en la cara. Un segundo después el conductor, de quien se dice había bebido, y que intentó esquivar un Fiat 1 blanco que circulaba muy despacio, pierde el control y el Mercedes, entre el chirriar de las llantas, se estrella contra uno de los pilares de concreto que separan los carriles y, con la corrocería dañada y humo, todavía se desplaza hasta detenerse en un muro; la cabeza del chofer, entre la bolsa de aire, acciona el claxon. En el asiento del copiloto, el guardaespaldas tiene la mandíbula desencajada y es presa del pánico. El estruendo rompió la madrugada parisina de ese 31 de agosto de 1997. La princesa queda abajo del cuerpo de su novio y, aún con vida, es trasladada al hospital Pitie Salpetriere; pero antes de llegar la ambulancia se detiene aparentemente porque los médicos le hacían masajes cardiacos. Unas horas antes, los 'paparazzi' habían hecho guardia en el Hotel Ritz, donde Diana y Al Fayed cenaron, ante el rumor de que se anunciaría sus planes para casarse o el embarazo de la princesa; de hecho, el musulmán había comprado una sortija en forma de estrella y con cinco diamantes.