Alguien barre los pasos de la gente en la ciudad. Los marcianos llegaron ya pero con un ritmo de blues. Las almas han tomado las calles. Es otra dimensión, extraña, sobre las banquetas. El poco polvo de la escoba se hincha a todo lo que da porque tiene la oportunidad de jugar. Al viento urbano no hay nadie que lo detenga en su loca carrera. Ellas existen sólo en los sueños y ellos son poemas que el poeta nunca escribió. Alex Lora bebe tequila en un pequeño local de Insurgentes. Un perro negro y callejero vaga sin conciencia ni edad. Las piedras rodando se encuentran. Nadie las ve, pero la Malinche y la Llorona conversan en la esquina. En el sótano, las sombras del inframundo se deslizan sobre las antiguas calzadas de Tenochtitlan. La guerra ya terminó. Borola Burrón toma el sol entre tinacos y tendederos en una azotea. Los noticiarios no reportan heridos de bala ni apuñalados. Eolo, hijo de Hípotes y señor de los vientos griegos, patea una lata de refresco mientras en bermudas saluda a otros dioses en el Templo Mayor. El Patas, el Simón y el Enano, la trinca infernal, talonean en una micro y hoy no hay gandallas que provoquen a los Super Chizz. La ciudad no tiene actores, el público camina entre las butacas. Alguien barre los pasos de la gente en la ciudad. Alguien barre el escenario para la función de mañana.
jueves, 3 de enero de 2008
La función debe continuar
Alguien barre los pasos de la gente en la ciudad. Los marcianos llegaron ya pero con un ritmo de blues. Las almas han tomado las calles. Es otra dimensión, extraña, sobre las banquetas. El poco polvo de la escoba se hincha a todo lo que da porque tiene la oportunidad de jugar. Al viento urbano no hay nadie que lo detenga en su loca carrera. Ellas existen sólo en los sueños y ellos son poemas que el poeta nunca escribió. Alex Lora bebe tequila en un pequeño local de Insurgentes. Un perro negro y callejero vaga sin conciencia ni edad. Las piedras rodando se encuentran. Nadie las ve, pero la Malinche y la Llorona conversan en la esquina. En el sótano, las sombras del inframundo se deslizan sobre las antiguas calzadas de Tenochtitlan. La guerra ya terminó. Borola Burrón toma el sol entre tinacos y tendederos en una azotea. Los noticiarios no reportan heridos de bala ni apuñalados. Eolo, hijo de Hípotes y señor de los vientos griegos, patea una lata de refresco mientras en bermudas saluda a otros dioses en el Templo Mayor. El Patas, el Simón y el Enano, la trinca infernal, talonean en una micro y hoy no hay gandallas que provoquen a los Super Chizz. La ciudad no tiene actores, el público camina entre las butacas. Alguien barre los pasos de la gente en la ciudad. Alguien barre el escenario para la función de mañana.
miércoles, 2 de enero de 2008
El aliento del capuccino
jueves, 27 de diciembre de 2007
El jinete sin espíritu
Cada diciembre en el pueblo de Siete Letras sus pies recorren las calles de piel blanca bajo la fresca sombra de los cocoteros. Lo sé, el resto del año su cabello dorado se pierde en algún lugar que tal vez nunca vi ni puedo imaginar. En esta parte del calendario algo desconocido en mí, quizá una ceniza de lo que alguna vez pareció un espíritu, se remueve dentro del corazón, se inquieta, quiere escapar para escuchar su risa de nuevo, tomar la carretera y sonreír como antes. Es que allá se quedó el hombre, hoy un cuerpo vaga vacío en una metrópoli de rencor y groserías. ¿Por qué no ir por ese espíritu perdido para estar completo? No lo sé. Recuerdo que de regreso el cayuco me trajo a la ciudad de los muertos, Caronte lo guiaba y ella me acompañó por última vez, luego de Michigan. A partir de esos años he sido un fantasma que circula en las calles en un caballo gris por caminos cotidianos –es el castigo, me han gritado entre gotas de saliva y ojos desorbitados–, con la radio encendida en añoranza de aquella risa costeña sobre la playa y su correr descalza gritando mi nombre para que la abrazara. Incluso ahora dudo que haya existido. Quizá nunca estuve ahí. Por eso no me gusta diciembre, el corazón se rebela contra mi culpa –es el castigo, me han gritado entre gotas de saliva y ojos desorbitados– y no lo soporto. Es difícil que alguien lo entienda cuando yo mismo no lo puedo hacer. ¿Cuánto resiste un cuerpo vagando sin espíritu? ¿De verdad es el castigo? Hoy lo quería decir.
jueves, 20 de diciembre de 2007
jueves, 22 de noviembre de 2007
El parte de novedad
El batallón de gritos rodea el objetivo, el coronel Ira ha pedido su cabeza, la respuesta de la otra parte también son vociferaciones, tantas que una densa neblina comienza a deslizarse sobre el resto de la ciudad, los proyectiles de ruido se confunden en el caos, el cuerpo de Ojos ha cargado sus misiles iris y los apuntan a los del enemigo, hay manotazos y las amenazas lacrimógenas han bajado en paracaídas al centro del combate, las fuerzas especiales Enojo y Rabia han también entrado a la acción, es una cruenta lucha en la que al parecer no se vislumbra un vencedor. Los rayos Amenaza son disparados con el dedo índice, al parecer no habrá un cese de hostilidades en corto tiempo. Los noticieros reportan la desaparición completa de los batallones Razón y Entendimiento, cada uno de ambos lados. La lluvia de lágrimas se confunde con los fogonazos de las lenguas sueltas, las frases hirientes causan llagas en el corazón de los contrincantes, los hechos no perdonados son dirigidos a destruir sin piedad, es zona de guerra. Un sesudo especialista en este tipo de enfrentamientos comenta que “el arma más letal es la energía de la estupidez que cuando pierde su rumbo se vuelve contra quien la descarga, explota en la cara, daña a quienes estén en el radio de la onda expansiva...”
Entonces, lo increíble: alguien, quizá extraterrestres, ha lanzado desconocidos globos de colores y pompas de jabón que atrapan a las vociferaciones y a los gritos y a las lágrimas, y se desplazan a tal lentitud encima de ambos bandos, con una tranquilidad desconocida en nuestra galaxia, y dejan caer, quizá desde invisibles y gelatinosas naves extraterrestres, abrazos, besos, sonrisas, susurros de amor, guiños de ojos, saludos de mano, perdones, olvidos, que disipan todo, un armamento que jamás se ha utilizado en ningún campo de batalla en este planeta. Al otro día, una luz rodea la casa de la que se dispersó la riña. Adentro, un hombre y una mujer duermen después de haber hecho el amor.
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