El capitán pirata aprendió que no debe nunca dejar su barco a menos que, con los cañones encendidos y al grito de abordaje, sea para hacerse de un botín. Ha atravesado el vapor de los mares, visto a Caronte conducir a las almas por los ríos del Hades, enfrentado gigantes pulpos y monstruos infernales, bebido sangre y comido corazones con la muerte, vagado entre las tinieblas y los esqueletos, sitiado innumerables poblados del inframundo, peleado con otros fantasmas y muertos vivientes de bandera extraña. Pero un día se encontró con el legendario Errante. Hermoso, flotaba silencioso en las aguas, púrpura entre la noche, deslizándose casi sin mojarse, con la pleitesía del inmenso mar, las estrellas calladas ante su majestuoso paso, las velas blancas sacudiéndose en deliciosa cadencia por el aliento de Poseidón, entonces un suspiro traicionó al bandido, y por ahí la maldición se apoderó de su cabeza; emparejó su embarcación y saltó con la espada metida en la vaina, Errante recibió sus botas altas con un rechinido que encogió a todas las tumbas, tomó el timón y sintió que estaba hecho para él, la vieja madrugada, alarmada, desperezaba las aguas; la Luna se había montado en una nube para escapar de la catástrofe que presentía. Otro suspiro se extravió entre la neblina. De pronto, el Errante se desvaneció, ya no estaba, y el capitán pirata se encontró de nuevo en su barco, al que desconoció. Varios días y noches transcurrieron con el Espanto estacionado, impávido, con el ancla fuera del mapa y de las brújulas de este mundo en espera del otro fantasma, para abordarlo desarmado, hasta que el Errante apareció de nuevo, en la puerta de la penumbra. Un remolino se formó con los suspiros prisioneros del asaltante del mar. Así pasaba cuando sus ojos se encontraban con el fantástico espectro en medio de la nada. El pirata había dejado volatilizar su espíritu aventurero y la calavera con dos tibias, hecha para infundir miedo, ya no era negra, ni roja, sino rosa. Y cada vez más tiempo pasaba acariciando el timón del Errante cuando su gastada madera emergía de las profundidades abisales. Sin importarle el giro de la Tierra, esperaba en el mismo lugar. Abandonaba su embarcación para subir a la otra. Hasta que una noche el Errante ya no apareció más; del feroz y temido capitán pirata sólo quedaba un hombre sobre un barco, ambos solitarios, desprotegidos, a merced del vértigo de las aguas terriblemente tranquilas. Desde entonces el espíritu del asaltante de los mares tripula al Errante en otra dimensión. Espíritu y pirata están separados. Hoy es posible ver una embarcación que flota a la deriva entre la neblina mientras el esqueleto de un hombre yace en el camarote. Nadie se atreve a acercarse, los más temidos filibusteros, corsarios y bucaneros observan a lo lejos cuando lo encuentran. Esperan que aquella mujer de encantadora sonrisa y aretes de cobre le regrese lo que sin saber se llevó.
martes, 1 de abril de 2008
Remolinos en el mar
El capitán pirata aprendió que no debe nunca dejar su barco a menos que, con los cañones encendidos y al grito de abordaje, sea para hacerse de un botín. Ha atravesado el vapor de los mares, visto a Caronte conducir a las almas por los ríos del Hades, enfrentado gigantes pulpos y monstruos infernales, bebido sangre y comido corazones con la muerte, vagado entre las tinieblas y los esqueletos, sitiado innumerables poblados del inframundo, peleado con otros fantasmas y muertos vivientes de bandera extraña. Pero un día se encontró con el legendario Errante. Hermoso, flotaba silencioso en las aguas, púrpura entre la noche, deslizándose casi sin mojarse, con la pleitesía del inmenso mar, las estrellas calladas ante su majestuoso paso, las velas blancas sacudiéndose en deliciosa cadencia por el aliento de Poseidón, entonces un suspiro traicionó al bandido, y por ahí la maldición se apoderó de su cabeza; emparejó su embarcación y saltó con la espada metida en la vaina, Errante recibió sus botas altas con un rechinido que encogió a todas las tumbas, tomó el timón y sintió que estaba hecho para él, la vieja madrugada, alarmada, desperezaba las aguas; la Luna se había montado en una nube para escapar de la catástrofe que presentía. Otro suspiro se extravió entre la neblina. De pronto, el Errante se desvaneció, ya no estaba, y el capitán pirata se encontró de nuevo en su barco, al que desconoció. Varios días y noches transcurrieron con el Espanto estacionado, impávido, con el ancla fuera del mapa y de las brújulas de este mundo en espera del otro fantasma, para abordarlo desarmado, hasta que el Errante apareció de nuevo, en la puerta de la penumbra. Un remolino se formó con los suspiros prisioneros del asaltante del mar. Así pasaba cuando sus ojos se encontraban con el fantástico espectro en medio de la nada. El pirata había dejado volatilizar su espíritu aventurero y la calavera con dos tibias, hecha para infundir miedo, ya no era negra, ni roja, sino rosa. Y cada vez más tiempo pasaba acariciando el timón del Errante cuando su gastada madera emergía de las profundidades abisales. Sin importarle el giro de la Tierra, esperaba en el mismo lugar. Abandonaba su embarcación para subir a la otra. Hasta que una noche el Errante ya no apareció más; del feroz y temido capitán pirata sólo quedaba un hombre sobre un barco, ambos solitarios, desprotegidos, a merced del vértigo de las aguas terriblemente tranquilas. Desde entonces el espíritu del asaltante de los mares tripula al Errante en otra dimensión. Espíritu y pirata están separados. Hoy es posible ver una embarcación que flota a la deriva entre la neblina mientras el esqueleto de un hombre yace en el camarote. Nadie se atreve a acercarse, los más temidos filibusteros, corsarios y bucaneros observan a lo lejos cuando lo encuentran. Esperan que aquella mujer de encantadora sonrisa y aretes de cobre le regrese lo que sin saber se llevó.
miércoles, 26 de marzo de 2008
El axolotl de Cortázar (1952)

Hubo un tiempo en que yo pensaba mucho en los axolotl. Iba a verlos al acuario del Jardin des Plantes y me quedaba horas mirándolos, observando su inmovilidad, sus oscuros movimientos. Ahora soy un axolotl.
El azar me llevó hacia ellos una mañana de primavera en que París abría su cola de pavorreal después de la lenta invernada. Bajé por el bulevar de Port-Royal, tomé St. Marcel y L´Hôspital, vi los verdes entre tanto gris y me acordé de los leones. Era amigo de los leones y las panteras, pero nunca había entrado en el húmedo y oscuro edificio de los acuarios. Dejé mi bicicleta contra las rejas y fui a ver los tulipanes. Los leones estaban feos y tristes y mi pantera dormía. Opté por los acuarios, soslayé peces vulgares hasta dar inesperadamente con los axolotl. Me quedé una hora mirándolos y salí, incapaz de otra cosa.
En la biblioteca Sainte-Geneviève consulté un diccionario y supe que los axolotl son formas larvales, provistas de branquias, de una especie de batracios del género amblistoma. Que eran mexicanos lo sabía ya por ellos mismos, por sus pequeños rostros rosados aztecas y el cartel en lo alto del acuario. Leí que se han encontrado ejemplares en África capaces de vivir en tierra durante los períodos de sequía, y que continúan su vida en el agua al llegar la estación de lluvias. Encontré su nombre español, ajolote, la mención de que son comestibles y que su aceite se usaba (se diría que no se usa más) como el de hígado de bacalao.
No quise consultar obras especializadas, pero volví al día siguiente al Jardin des Plantes. Empecé a ir a todas las mañanas, a veces de mañana y de tarde. El guardián de los acuarios sonreía perplejo al recibir el billete. Me apoyaba en la barra de hierro que bordea los acuarios y me ponía a mirarlos. No hay nada de extraño en esto, porque desde el primer momento comprendí que estábamos vinculados, que algo infinitamente perdido y distante seguía sin embargo uniéndonos. Me había bastado detenerme aquella primera mañana ante el cristal donde unas burbujas corrían en el agua. Los axolotl se amontonaban en el mezquino y angosto (sólo yo puedo saber cuán angosto y mezquino) piso de piedra y musgo del acuario. Había nueve ejemplares, y la mayoría apoyaba la cabeza sobre el cristal, mirando con sus ojos de oro a los que se acercaban. Turbado, casi avergonzado, sentí como una impudicia asomarme a esas figuras silenciosas e inmóviles aglomeradas en el fondo del acuario. Aislé mentalmente una, situada a la derecha y algo separada de las otras, para estudiarla mejor. Vi un cuerpecito rosado y como translúcido (pensé en las estatuillas chinas de cristal lechoso), semejante a un pequeño lagarto de quince centímetros, terminado en una cola de pez de una delicadeza extraordinaria, la parte más sensible de nuestro cuerpo. Por el lomo le corría una aleta transparente que se fusionaba con la cola, pero lo que más me obsesionó fueron las patas, de una finura sutilísima, acabadas en menudos dedos, en uñas minuciosamente humanas. Y entonces descubrí sus ojos, su cara. Un rostro inexpresivo, sin otro rasgo que los ojos, dos orificios como cabezas de alfiler, enteramente de un oro transparente, carentes de toda vida pero mirando, dejándose penetrar por mi mirada que parecía pasar a través del punto áureo y perderse en un diáfano misterio interior. Un delgadísimo halo negro rodeaba el ojo y lo inscribía en la carne rosa, en la piedra rosa de la cabeza vagamente triangular pero con lados curvos e irregulares, que le daban una total semejanza con una estatuilla corroída por el tiempo. La boca estaba disimulada por el plano triangular de la cara, sólo de perfil se adivinaba su tamaño considerable; de frente una fina hendidura rasgaba apenas la piedra sin vida. A ambos lados de la cabeza, donde hubieran debido estar las orejas, le crecían tres ramitas rojas como de coral, una excrecencia vegetal, las branquias, supongo. Y era lo único vivo en él, cada diez o quince segundos las ramitas se enderezaban rígidamente y volvían a bajarse. A veces una pata se movía apenas, yo veía los diminutos dedos posándose con suavidad en el musgo. Es que no nos gusta movernos mucho, y el acuario es tan mezquino; apenas avanzamos un poco nos damos con la cola o la cabeza de otro de nosotros; surgen dificultades, peleas, fatiga. El tiempo se siente menos si nos estamos quietos.

Fue su quietud lo que me hizo inclinarme fascinado la primera vez que vi a los axolotl. Oscuramente me pareció comprender su voluntad secreta, abolir el espacio y el tiempo con una inmovilidad indiferente. Después supe mejor, la contracción de las branquias, el tanteo de las finas patas en las piedras, la repentina natación (algunos de ellos nadan con la simple ondulación del cuerpo) me probó que eran capaces de evadirse de ese sopor mineral en que pasaban horas enteras. Sus ojos, sobre todo, me obsesionaban. Al lado de ellos, en los restantes acuarios, diversos peces me mostraban la simple estupidez de sus hermosos ojos semejantes a los nuestros. Los ojos de los axolotl me decían de la presencia de una vida diferente, de otra manera de mirar. Pegando mi cara al vidrio (a veces el guardián tosía, inquieto) buscaba ver mejor los diminutos puntos áureos, esa entrada al mundo infinitamente lento y remoto de las criaturas rosadas. Era inútil golpear con el dedo en el cristal, delante de sus caras; jamás se advertía la menor reacción. Los ojos de oro seguían ardiendo con su dulce, terrible luz; seguían mirándome, desde una profundidad insondable que me daba vértigo.
Y sin embargo estaban cerca. Lo supe antes de esto, antes de ser un axolotl. Lo supe el día en que me acerqué a ellos por primera vez. Los rasgos antropomórficos de un mono revelan, al revés de lo que cree la mayoría, la distancia que va de ellos a nosotros. La absoluta falta de semejanza de los axolotl con el ser humano me probó que mi reconocimiento era válido, que no me apoyaba en analogías fáciles. Sólo las manecitas... Pero una lagartija tiene también manos así, y en nada se nos parece. Yo creo que era la cabeza de los axolotl, esa forma triangular rosada con los ojillos de oro. Eso miraba y sabía. Eso reclamaba. No eran animales.
Parecía fácil, casi obvio, caer en la mitología. Empecé viendo en los axolotl una metamorfosis que no conseguía anular una misteriosa humanidad. Los imaginé conscientemente, esclavos de su cuerpo, infinitamente condenados a un silencio abisal, a una reflexión desesperada. Su mirada ciega, el diminuto disco de oro inexpresivo y sin embargo terriblemente lúcido, me penetraba como un mensaje: "Sálvanos, sálvanos." Me sorprendía musitando palabras de consuelo, transmitiendo pueriles esperanzas. Ellos seguían mirándome, inmóviles; de pronto las ramillas rosadas de las branquias se enderezaban. En ese instante yo sentía como un dolor sordo; tal vez me veían, captaban mi esfuerzo por penetrar en lo impenetrable de sus vidas. No eran seres humanos, pero en ningún animal había encontrado una relación tan profunda conmigo. Los axolotl eran como testigos de algo, y a veces como horribles jueces. Me sentía innoble frente a ellos; había una pureza tan espantosa en esos ojos transparentes. Eran larvas, pero larva quiere decir máscara y también fantasma. Detrás de esas caras aztecas, inexpresivas y sin embargo de una crueldad implacable, ¿qué imagen esperaba su hora?
Les temía. Creo que de no haber sentido la proximidad de otros visitantes y del guardián, no me hubiese atrevido a quedarme solo con ellos. "Usted se los come con los ojos", me decía riendo el guardián, que debía suponerme un poco desequilibrado. No se daba cuenta de lo que eran ellos los que me devoraban lentamente por los ojos, en un canibalismo de oro. Lejos del acuario no hacía más que pensar en ellos, era como si me influyeran a distancia. Llegué a ir todos los días, y de noche los imaginaba inmóviles en la oscuridad, adelantando lentamente una mano que de pronto encontraba la de otro. Acaso sus ojos veían en plena noche, y el día continuaba para ellos indefinidamente. Los ojos de un axolotl no tienen párpados.

Ahora sé que no hubo nada de extraño, que eso tenía que ocurrir. Cada mañana, al inclinarme sobre el acuario, el reconocimiento era mayor. Sufrían, cada fibra de mi cuerpo alcanzaba ese sufrimiento amordazado, esa tortura rígida en el fondo del agua. Espiaban algo, un remoto señorío aniquilado, un tiempo de libertad en que el mundo había sido de los axolotl. No era posible que una expresión tan terrible, que alcanzaba a vencer la inexpresividad forzada de sus rostros de piedra, no portara un mensaje de dolor, la prueba de que esa condena eterna, de ese infierno líquido que padecían. Inútilmente quería probarme que mi propia sensibilidad proyectaba en los axolotl una conciencia inexistente. Ellos y yo sabíamos. Por eso no hubo nada de extraño en lo que ocurrió. Mi cara estaba pegada al vidrio del acuario, mis ojos trataban una vez más de penetrar el misterio de esos ojos de oro sin iris y sin pupila. Veía de muy cerca la cara de un axolotl inmóvil junto al vidrio. Sin transición, sin sorpresa, vi mi cara contra el vidrio, la vi fuera del acuario, la vi del otro lado del vidrio. Entonces mi cara se apartó y yo comprendí.
Sólo una cosa era extraña: seguir pensando como antes, saber. Darme cuenta de eso fue en el primer momento como el horror del enterrado vivo que despierta a su destino. Afuera, mi cara volvía a acercarse al vidrio, veía mi boca de labios apretados por el esfuerzo de comprender a los axolotl. Yo era un axolotl y sabía ahora instantáneamente que ninguna comprensión era posible. Él estaba fuera del acuario, su pensamiento era un pensamiento fuera del acuario. Conociéndolo, siendo él mismo, yo era un axolotl y estaba en mi mundo. El horror venía -lo supe en ese momento- de creerme prisionero en un cuerpo de axolotl, transmigrado a él con mi pensamiento de hombre, enterrado vivo en un axolotl, condenado a moverme lúcidamente entre criaturas insensibles. Pero aquello cesó cuando una pata vino a rozarme la cara, cuando moviéndome apenas a un lado vi a un axolotl junto a mí que me miraba, y supe que también él sabía, sin comunicación posible pero tan claramente. O yo estaba también en él, o todos nosotros pensábamos como un hombre, incapaces de expresión, limitados al resplandor dorado de nuestros ojos que miraban la cara del hombre pegada al acuario.

Él volvió muchas veces, pero viene menos ahora. Pasa semanas sin asomarse. Ayer lo vi, me miró largo rato y se fue bruscamente. Me pareció que no se interesaba tanto por nosotros, que obedecía a una costumbre. Como lo único que hago es pensar, pude pensar mucho en él. Se me ocurre que al principio continuamos comunicados, que él se sentía más que nunca unido al misterio que lo obsesionaba. Pero los puentes están cortados entre él y yo, porque lo que era su obsesión es ahora un axolotl, ajeno a su vida de hombre. Creo que al principio yo era capaz de volver en cierto modo a él -ah, sólo en cierto modo- y mantener alerta su deseo de conocernos mejor. Ahora soy definitivamente un axolotl, y si pienso como un hombre es sólo porque todo axolotl piensa como un hombre dentro de su imagen de piedra rosa. Me parece que de todo esto alcancé a comunicarle algo en los primeros días, cuando yo era todavía él. Y en esta soledad final, a la que él ya no vuelve, me consuela pensar que acaso va a escribir sobre nosotros, creyendo imaginar un cuento va a escribir todo esto sobre los axolotl.
martes, 25 de marzo de 2008
Brazo justiciero
Dicen que vino desde muy lejos. No se sabe quién lo contrató, su leyenda ha corrido de boca en boca entre propios y extraños. El Triturador no falla, es lo que dicen; hasta ahora ningún malvado o irreverente se ha escapado a sus dedos de acero, que no tiemblan ante nada. En la ciudad sólo se escucha el rechinido del metal de lo que antes fueron diabólicos seres mecánicos que corrían por las calles sin que nadie se atreviera a más que sólo huir. La ley y el orden han regresado, por fin los cafenautas podrán brincar las aceras sin temor a las máquinas-espectro que de pronto aparecen entre tu-tu-tu-tutus y carcajadas burlonas... se meten, echan laminazo, escupen pasaje en el carril de en medio, circulan sin luces, frenan sin aviso, organizan improvisadas carreras, enciman a la gente-resignación, cobran de más... Pero ahora El Triturador está aquí, es un alivio,
un paladín con resultados de ficción, el ruido de su motor y el rechinar de su cuerpo amarillo y el del metal al ser estrujado es música. De pronto un golpe seco corta el idílico momento. Otros vehículos-espectro han tomado el pavimento y lo embisten todo, saben que está El Triturador y quieren desafiarlo. ¿Podrá nuestro héroe acabar con todas las máquinas rodantes que amenazan, golpean y matan?
lunes, 24 de marzo de 2008
Fantasmas telescópicos
El choque se veía venir, él lo presentía con los cada vez más agitados líquidos del cuerpo desde hacía ya algunas semanas. Unos latidos se le estaban rebelando y había que someterlos, con todo y sus ondas expansivas en el pecho y golpes de sangre y rubor. En su cerebro la Neuromáquina también echaba chispas cada vez que aquella hermosa imagen regresaba a su memoria, el sistema nervioso no paraba su hostigamiento con microsismos desde todos los epicentros inimaginables de la biología, el escalofrío caliente lo barría todo. El fin de semana fue el que los fantasmas escogieron para la azonada. Se lo anunciaron desde que sus ojos se encontraron con esa imagen mientras una noche él comía sincronizadas en un Oxxo y ella, arropada en su gabardina, leía una revista de espectáculos. Ya no era posible otra opción, había que detener a esos sentimientos que se habían vuelto insurgentes, o al final de todos modos moriría de amor. Él cerró todas las cortinas del cuarto, ni el aire podía entrar porque no está hecho para la violencia que estaba por desatarse. La luz quedó afuera sacada a puntapiés por la oscuridad, que no era imparcial y le tenía rencor a ese hombre porque nunca lo pudo asustar. Los ruidos de la calle también habían sido advertidos y se alejaron de aquella habitación en el primer piso de la Ciudad de las Tortugas. Sólo el escudo de su piel y una cama estaban de su lado. Todo lo demás en el cuarto era hostil. Entonces se acostó, bocarriba, desnudo, sin mirar el techo porque sus ojos ya se habían subido en el telescopio de los sueños y las pesadillas, donde no existe tiempo ni conciencia. Así pasaron dos días exteriores, adentro se libraba una guerra de adrenalina y latidos que causaba estertores, sudor y puños apretados en medio de la nada. La imagen de ella leyendo la revista venía y se iba, su voz psicodélica se repetía mil veces por el rebote con las paredes del cráneo, su cuerpo se deslizaba encima dejándole rastros de saliva. Después, todo regresó a la calma. La respiración agitada dio paso al desierto. En aquel cuarto ya nada se movía. La muerte hizo sonar las campanillas de un carrito de nieves. Él estaba agotado y sus músculos no respondían. Unos niños afuera pateaban un balón. Desde la calle un rayo de sol pudo asomarse para contarle a los demás, el aire también entró, y los sonidos. El cuerpo desnudo se levantó. La luz atravesó sus párpados. Los latidos regresaron a su rutina. La respiración se normalizó. El amor malherido yacía en el piso, a un lado de la cama. Luego de unos pasos él también cayó. Entonces supo que había perdido la batalla. Y que un letal beso durante el fragor lo había alcanzado. Ella, cuando lo vio callado mientras comían, sólo pensó que él estaba deprimido, y no enamorado.
viernes, 29 de febrero de 2008
Heaven
Ya había olvidado esta sensación. Es muy parecida a cuando observo a Ojos Grandes mirar el cielo. He llegado a pensar que ella misma es parte de él. Tiene la misma luz intensa cuando se ríe y los rayos de luces bajan por su cabello. Pero Ojos Grandes es sólo un sueño. Una estación de radio me regresa a la realidad y tengo que acelerar y frenar en el Viaducto. Ojos Grandes de nuevo aparece, su voz canta a Enrique Iglesias. Yo no me sé la canción, pero me gusta. Habla sobre dónde han quedado las cosas. Tal vez
estén allá en el cielo. No lo he intentado, ¿alcanzarán los brazos para buscar en él? Luego de los comerciales, RBD toca Inalcanzable; enfrente, un espectacular tiene regado los pedazos de un niño descalcificado. Armar el rompecabezas quizá sea el primer paso, después cenar medio litro de leche. Ahora estoy despierto y por supuesto Ojos Grandes no está. Es probable que ahora mismo ella, entre la gente que vive en el país de los sueños, mire el cielo y le tome fotos con su celular. No lo sé, pero he comprendido que basta subir la vista, o cerrar los ojos, para desde cualquier lugar encontrarme con el iris café brillante y hojas de girasol de Ojos Grandes. Creo que ella misma es parte del cielo.
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