viernes, 6 de junio de 2008

Caballero de la noche

Al Caballero Nocturno le gustan las sombras porque son habitantes que no hacen ruido. Las ha visto saludarse con los fantasmas en alguna pared cuando las trepa en las noches antes de perderse en los resquicios de las damas que duermen desnudas. No se hablan cuando se encuentran, ellas piensan que él también lo es y vuelven a cerrar los ojos recostadas bocabajo dispuestas a recibirlo. En la madrugada sus pasos sobre la acera adormilada juegan a imitar su caminar en las fachadas con la luna como sereno y la neblina en la nariz. El adoquín bosteza y el viento frío también mete sus manos en la gabardina. El Caballero Nocturno quizá también sea una sombra. Ningún otro hombre lo ha visto, sólo hay una escalera que permanece erguida en el espejo luego del amanecer. Él es de la noche, compañero de los faroles, en el mundo de los que no duermen; se mueve despacio porque ya ha corrido, le gusta el silencio, ese que es roto por el goce de no ser visto.

martes, 20 de mayo de 2008

Tráfico alucinógeno

El asfalto de la avenida comenzó de nuevo a sudar una gelatina de anís que ralentizó a todas las máquinas; desde hace años ha inmovilizado a los ríos de metal que se deslizaban en las venas de la ciudad cuando no estaba enferma de colesterol. Otro día más, ya se está volviendo costumbre entrar a esos sueños desesperantes en que se quiere correr pero una energía extraña abraza a los músculos para convertirlos en piedra. Los informantes viales se vuelven uno: el tráfico está congelado. Quizá los extraterrestres han lanzado sus rayos de plasma para abducir a los urbanitas que desafían a las horas de la mañana. Ningún neumático puede girar y la nieve de la radio ya no da más señal de vida. Los seres se miran por los cristales antiasalto, unos parecen pensativos, el tiempo corre vía celular; los vehículos han caído en su propia desesperación. El silencio también se ha convertido en gel transparente que se suelta en los toldos, no hay rechinidos de balatas ni carrasperas en los mofles. Entonces, la intoxicación por adrenalina alcanza a las endorfinas, y tsunamis de placer oscilan en mi cuerpo, las muecas de impotencia se hacen carcajadas, los ojos están empañados, más que el parabrisas atacado por un adolescente-espectro armado con agua de jabón que dispara a bocajarro, voces articulan que hay gorditas de nata, un merenguero corre cuadro por cuadro, todo se mueve de manera gelatinosa allá afuera. El rojo del semáforo a lo lejos se escurre más despacio que el silbato del hombre de tránsito que mueve los brazos como si quisiera volar para escapar. El tiempo se hace ingrávido mientras las luces traseras del auto de enfrente se alejan y aproximan, de manera repentina otras veces despacio, en la lucha por un centímetro; la vía rápida otra vez causa psicodelia con el letrero que prohíbe ir a exceso de velocidad. Tras mis ojos cerrados París Hilton se acomoda un vestido de policía y camina con liguero negro. Algunos autos se convierten en botargas y se lanzan a correr por la banqueta. Han transcurrido quizá un par de minutos en esta esquina y de pronto un verde luminiscente, después de orinar, extiende su tapete de pasto sobre el diamante de los iris. Ahora es posible avanzar. Al abrir los ojos yo sigo en el mismo lugar.

viernes, 16 de mayo de 2008

Una Venus para Júpiter


Has estado ahí entre el resto de estrellas, Venus. Cambias de cara y de sonrisa, pero es difícil no mirarte en el firmamento. Muchas veces hemos flotado en el mar, otras te has quedado a pasar la noche en mis ojos. Los mortales pensarían que siempre nos asomamos a la ventana juntos, pero a la diosa romana del amor no le gustan los moteles; adora levantar las orillas de su vestido blanco y girar por todo lo ancho del sistema solar mientras los hoyos negros, las nebulosas y los cometas se integran al ballet del lucero del alba. Entonces amanece en la Tierra y eres otra. Te causa una sonrisa la leyenda del conejo en la Luna. Gimes cuando un aliento de pasión se resbala por tu nuca. El pubis de las mujeres ha tomado tu nombre. La cuenta de los años luz se pierde en esa almohadilla adiposa, en el acolchado velloso que prefiero a la dureza de tu vientre de mármol que los griegos esculpieron cuando te nombraron Milo. Y es que no han sido pocos los que te han hecho suya, Botticelli, Velázquez, Giorgione, Tiziano, Rubens han estado entre tus amantes. Yo sólo callo cuando te refieres a todos ellos. Sé que a lo mejor pronuncias mi nombre Venus cuando te despojas de tu vestido blanco y te pones a bailar ese ballet que sólo termina en la madrugada, y rompes con gemidos el silencio del cosmos. Creo que nunca lo sabré.

jueves, 24 de abril de 2008

El convite de los dioses

Los antiguos dioses mexicanos hicieron estallar los volcanes para construir con sus piedras el metate y el molcajete. Centeotl, la diosa del maíz, se los pidió para convidarlos. Una tarde llegaron de todas las ciudades y, tras bajar del arco iris, atravesaron el humo de los braseros encendidos del extraño recinto que, bañado en las penumbras, olía a chile, tomates verdes y jitomates que se asaban al fuego vivo. En aquella habitación las siluetas inquietas –Chicomecóatl, con su penacho de papel decorado, traía en las manos mazorcas de maíz; Tláloc, con la lluvia, había proveído los alimentos; Xipe-Tótec cargaba un brasero sobre su espalda; Nanauatzin había apagado el sol– observaron jicaras de guaje y bules repletos de agua, y en la piedra de sacrificios montones de insectos como jumiles, ahuautles, chahuis, acociles, cuetlas, chinicuiles, cupiches, escamoles, titoicocos, chapulines, moscos, hormigas, gusanos de maguey, 96 especies en total. También había carne de víbora de cascabel, guajolote, pato, chachalaca, chichicuilote, liebre, venado, manatí, chango, armadillo, jabalí y perros xoloitzcuintle; semillas de amaranto, cacao, chía, cacahuate, girasol y piñón. Cestos con ejotes, guajes, mezquite, guamúchil, huaynacaxtle, cuauhpinole y jinicuil; quelites, chaya y choyo; flores de calabaza, tuca o chocha, frijol, ayocote, garambullo, colorín, huauhzontle, golumbos, cocuite, biznaga y alaches; chayote, chilacayote, mamey, aguacate, anona, chirimoya, papaya, guanábana, chocizapote, changunga, zapotes, ciruelas, guayaba, pitaya, pitahaya, tuna, xoconoxtle; camote, jícama, chinchayote, yuca y guacamote. Los dioses, salvo la anfitriona Centeotl, estaban asombrados con lo que habían creado los hombres como ofrendas a sí mismos. Siguieron caminando en el recinto y observaron cómo los pechos desnudos de algunas mujeres se balanceaban mientras el metlapil deshacía los granos de maíz sobre rectángulos de piedra saturados de las muchas especias conocidas. Otras machacaban en una cuenca, tejolote en mano, los alimentos que habían estado en las brasas. Los comallis,sobre los que habían ollas y tortillas o tlexcallis con distintas figuras, descansaban en cuatro tenamaxtles. Mayahuel, la diosa del maguey, con sus múltiples senos con que alimentaba a sus hijos con pulque, comenzó a repartir la bebida a los demás dioses. Después tomaron de todos los atoles –con miel, con chile amarillo, con harina–, y los tamallis. El olor de las hierbas aromáticas los envolvió. Los dioses entraron en éxtasis. La cocina se convirtió en una orgía de sabores. Las pasiones estallaban en eructos. La esencia de la sangre de los valerosos guerreros y de las mujeres muertas en el parto no era tan deliciosa. Después ya no se supo más. En la Ciudad de los Dioses sólo hay piedras, y un arco iris que aún espera ser abordado. Cuando pase el efecto, las ruinas se levantarán.

lunes, 21 de abril de 2008

Las balas que rompen la voz


La abuela trae las trenzas blancas desechas, igual que su corazón. Gregoria Agustina, siempre en silencio, como el que hoy parece una gelatina sobre la sierra mixteca de Oaxaca, extiende frente a sí un vestido triqui, quizá como un escudo para que ya no entre el dolor que, para no estallar, sale por sus ojos negros. Pero sí entra, por las cinco rasgaduras del bordado, en la parte trasera, por las mismas que entraron las balas que enmudecieron a su nieta Felícitas Martínez, locutora de La voz que rompe el silencio, y a su compañera Teresa Bautista. Desde lo alto de las montañas y cerros áridos que rodean a San Juan Copala sus voces cayeron al suelo por el violento tronar de los disparos cobardes. ¿Es justo que un simple proyectil, un pedazo de metal con pólvora, tenga más poder que la vida misma? ¿Por qué las voces indígenas, esas que están allá escondidas, sólo resuenan cuando se les calla? En las comunidades alejadas de México la impunidad y el abuso como respuesta a sus necesidades es cosa que se come con tortillas y, si alcanza por la maldita pobreza, con frijoles. A los conflictos por diferencias de opinión, secuestros, asesinatos, venganzas, violaciones de mujeres, emboscadas, violencia y maltratos las autoridades sólo hacen como que inician la averiguación y el tiempo es el que la termina, por el olvido. Esto pasa en Oaxaca, en Guerrero, en Veracruz y en todos los poblados distantes donde la justicia a la dignidad no se pasea por no ser sitios turísticos o porque no hay fotógrafos de la prensa para que el político hipócrita pose con alguna obrita y crea que por salir en el periódico ya engañó a la gente. ¿No es ridículo eso de que la anciana indígena de 72 años Ernestina Ascensión, violada por soldados en Tetlatzinga, Veracruz, murió por 'gastritis crónica no atendida'? El tremendo estrés a causa de situaciones como una violación tumultuaria por supuesto que puede llevar a una gastritis. Y luego intimidar y callar a la familia con dinero. Es la forma vergonzante de manejar el poder. ¿Habrá los suficientes argumentos denigrantes, balas cobardes, amenazas, intimidaciones y agresiones para silenciar a periodistas, luchadores sociales, defensores de los derechos y todas las voces que se atreven a romper el silencio?