Cada diciembre en el pueblo de Siete Letras sus pies recorren las calles de piel blanca bajo la fresca sombra de los cocoteros. Lo sé, el resto del año su cabello dorado se pierde en algún lugar que tal vez nunca vi ni puedo imaginar. En esta parte del calendario algo desconocido en mí, quizá una ceniza de lo que alguna vez pareció un espíritu, se remueve dentro del corazón, se inquieta, quiere escapar para escuchar su risa de nuevo, tomar la carretera y sonreír como antes. Es que allá se quedó el hombre, hoy un cuerpo vaga vacío en una metrópoli de rencor y groserías. ¿Por qué no ir por ese espíritu perdido para estar completo? No lo sé. Recuerdo que de regreso el cayuco me trajo a la ciudad de los muertos, Caronte lo guiaba y ella me acompañó por última vez, luego de Michigan. A partir de esos años he sido un fantasma que circula en las calles en un caballo gris por caminos cotidianos –es el castigo, me han gritado entre gotas de saliva y ojos desorbitados–, con la radio encendida en añoranza de aquella risa costeña sobre la playa y su correr descalza gritando mi nombre para que la abrazara. Incluso ahora dudo que haya existido. Quizá nunca estuve ahí. Por eso no me gusta diciembre, el corazón se rebela contra mi culpa –es el castigo, me han gritado entre gotas de saliva y ojos desorbitados– y no lo soporto. Es difícil que alguien lo entienda cuando yo mismo no lo puedo hacer. ¿Cuánto resiste un cuerpo vagando sin espíritu? ¿De verdad es el castigo? Hoy lo quería decir.
jueves, 27 de diciembre de 2007
El jinete sin espíritu
Cada diciembre en el pueblo de Siete Letras sus pies recorren las calles de piel blanca bajo la fresca sombra de los cocoteros. Lo sé, el resto del año su cabello dorado se pierde en algún lugar que tal vez nunca vi ni puedo imaginar. En esta parte del calendario algo desconocido en mí, quizá una ceniza de lo que alguna vez pareció un espíritu, se remueve dentro del corazón, se inquieta, quiere escapar para escuchar su risa de nuevo, tomar la carretera y sonreír como antes. Es que allá se quedó el hombre, hoy un cuerpo vaga vacío en una metrópoli de rencor y groserías. ¿Por qué no ir por ese espíritu perdido para estar completo? No lo sé. Recuerdo que de regreso el cayuco me trajo a la ciudad de los muertos, Caronte lo guiaba y ella me acompañó por última vez, luego de Michigan. A partir de esos años he sido un fantasma que circula en las calles en un caballo gris por caminos cotidianos –es el castigo, me han gritado entre gotas de saliva y ojos desorbitados–, con la radio encendida en añoranza de aquella risa costeña sobre la playa y su correr descalza gritando mi nombre para que la abrazara. Incluso ahora dudo que haya existido. Quizá nunca estuve ahí. Por eso no me gusta diciembre, el corazón se rebela contra mi culpa –es el castigo, me han gritado entre gotas de saliva y ojos desorbitados– y no lo soporto. Es difícil que alguien lo entienda cuando yo mismo no lo puedo hacer. ¿Cuánto resiste un cuerpo vagando sin espíritu? ¿De verdad es el castigo? Hoy lo quería decir.
jueves, 20 de diciembre de 2007
jueves, 22 de noviembre de 2007
El parte de novedad
El batallón de gritos rodea el objetivo, el coronel Ira ha pedido su cabeza, la respuesta de la otra parte también son vociferaciones, tantas que una densa neblina comienza a deslizarse sobre el resto de la ciudad, los proyectiles de ruido se confunden en el caos, el cuerpo de Ojos ha cargado sus misiles iris y los apuntan a los del enemigo, hay manotazos y las amenazas lacrimógenas han bajado en paracaídas al centro del combate, las fuerzas especiales Enojo y Rabia han también entrado a la acción, es una cruenta lucha en la que al parecer no se vislumbra un vencedor. Los rayos Amenaza son disparados con el dedo índice, al parecer no habrá un cese de hostilidades en corto tiempo. Los noticieros reportan la desaparición completa de los batallones Razón y Entendimiento, cada uno de ambos lados. La lluvia de lágrimas se confunde con los fogonazos de las lenguas sueltas, las frases hirientes causan llagas en el corazón de los contrincantes, los hechos no perdonados son dirigidos a destruir sin piedad, es zona de guerra. Un sesudo especialista en este tipo de enfrentamientos comenta que “el arma más letal es la energía de la estupidez que cuando pierde su rumbo se vuelve contra quien la descarga, explota en la cara, daña a quienes estén en el radio de la onda expansiva...”
Entonces, lo increíble: alguien, quizá extraterrestres, ha lanzado desconocidos globos de colores y pompas de jabón que atrapan a las vociferaciones y a los gritos y a las lágrimas, y se desplazan a tal lentitud encima de ambos bandos, con una tranquilidad desconocida en nuestra galaxia, y dejan caer, quizá desde invisibles y gelatinosas naves extraterrestres, abrazos, besos, sonrisas, susurros de amor, guiños de ojos, saludos de mano, perdones, olvidos, que disipan todo, un armamento que jamás se ha utilizado en ningún campo de batalla en este planeta. Al otro día, una luz rodea la casa de la que se dispersó la riña. Adentro, un hombre y una mujer duermen después de haber hecho el amor.
miércoles, 21 de noviembre de 2007
Deidad del mar
Saliste de las aguas, ninfa, y piratas y náufragos han perdido sus barcos con la tempestad de tu aliento y los peligrosos vaivenes de tus senos. Ahora son piedra, tu mirada indiferente los ha dejado así, a tus pies, postrados para siempre en un hechizo que ningún hombre puede romper por temor a perder los sentidos con tus formas, mientras tú te dejas acariciar por el viento, ese amante con el que dicen las leyendas que esperas la noche para zambullirte entre los sueños. En los siete mares se hablaba de ti, los primeros navegantes lo decían, las olas lo advertían, las sirenas con busto de mujer y cuerpo de ave lo cantaban, el aire estaba agitado. Yo tampoco tengo barco, pero aún respiro a pesar de mi piel petrificada, y abrazo un arma muy superior a la ballesta, el arco y el yelmo para arriesgarme a alcanzar tu cuerpo y leer en él, con la luz de la luna, los antiguos secretos que guarda; una que me hace inmune a tu fascinación: yo ya no puedo sentir amor.
miércoles, 7 de noviembre de 2007
Ojos y entrepierna
Joseline Ingabire perdió la sonrisa en el cajón de su memoria y tiene la mirada triste, cargada de los horrores del genocidio en Ruanda que entre abril y junio de 1994 dejó 8,000 muertos. Ella, de la etnia tutsi, no perdió la vida, pero milicianos la violaron. El fotógrafo israelí Jonathan Torgovnik la retrató con sus hijas afuera de su casa de paredes de barro, y con esta foto ganó el primer premio de la National Portrait Gallery de Londres. Abajo, en bata, una amiga de la fotógrafa argentina Julieta Sans en un departamento de Buenos Aires, imagen que obtuvo el segundo lugar. Para el concurso la galería londindense recibió 6,900 retratos de 2,700 fotógrafos de todo el mundo. 

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